Si hay una época en la que el olivar me pide un respeto casi reverencial, es esta. Finales de abril y todo el mes de mayo. El árbol está en lo más delicado del año: la floración y el cuajado. Y yo, como oleicultor, me convierto en poco más que un vigilante. Porque aquí, en mi finca, la cosa tiene una dificultad añadida: todo el agua que necesitan mis olivos es el agua que el cielo nos ha dado y la que yo he sido capaz de conservar en el suelo. No hay más.
Hoy quiero contarte qué estoy haciendo —y qué no estoy haciendo— en el olivar. Para que entiendas por qué un buen aceite ecológico y de secano empieza a jugarse precisamente aquí.
La regla de oro de mayo: al árbol, ni rozarlo
Vale, exagero. Lo miro constantemente, todos los días. Pero no lo toco. La flor del olivo es extremadamente sensible. Cualquier producto que le eche, aunque sea ecológico, puede interferir en la polinización o directamente dañar la flor. Así que las mochilas están colgadas. No se hace nada foliar ahora mismo. Salvo que detecte una plaga con niveles que me obliguen a intervenir —y créeme, los umbrales en ecológico los tengo muy altos—, no se pulveriza nada sobre la hoja.
Mayo es el mes de pasear entre los olivos con las manos en los bolsillos, la vista afilada y los oídos bien abiertos.
Secano y ecológico: la faena invisible que libra la batalla del agua
Aquí es donde meto las horas de verdad. Porque en mi finca no tengo riego. Cero. Toda el agua que mis olivos van a tener para pasar el verano es la que ha quedado almacenada en la tierra tras las lluvias del invierno y la primavera. Y ahora mismo, esa agua está amenazada por un competidor silencioso: la hierba.
Ojo, que yo amo la cubierta vegetal. Me ha protegido el suelo de la erosión y me ha dado vida durante meses. Pero ahora, en plena floración, esa misma hierba está bebiendo el agua que yo necesito para el cuajado de la aceituna. Así que no me queda otra: desbrozar.
¿Cómo lo hago?
Todo mecánico. Desbrozadora, nada más. La hierba no se arranca, se siega al ras y se deja en el suelo a modo de acolchado. Ese colchón vegetal va a ser mi mejor aliado cuando apriete el sol: ralentiza la evaporación, mantiene la tierra fresquita y además, al descomponerse, me aporta la materia orgánica que tanto necesitan estos suelos pobres.
¿Herbicidas? En esta casa no entran. Ni glifosato ni nada que se le parezca. Aquí el equilibrio se consigue con máquina, con manejo y con mucho pateo de la finca. La grada de discos, por cierto, también está guardada. Labrar ahora sería abrir la tierra, perder la humedad acumulada y quemar la poca materia orgánica que he logrado construir. Sería tirar piedras sobre mi propio tejado.
Cada gota de agua cuenta. Mi cosecha de noviembre depende tanto de la flor de mayo como de la humedad del suelo que ahora mismo, mientras lees esto, estoy defendiendo a golpe de desbrozadora.
Los bichos que me preocupan (y cómo lidio con ellos sin química)
En ecológico, el monitoreo de plagas no es una opción, es una obligación. Y ahora mismo tengo dos focos de atención:
1. La generación fantasma del prays (la polilla del olivo)
Ahora mismo está volando la tercera generación, la que pondrá sus huevos sobre el fruto recién cuajado. Si la plaga se descontrola, tendré caída de aceituna en septiembre. ¿Qué hago? Monitoreo, monitoreo y monitoreo. Tengo colocadas trampas de feromonas y cuento capturas. Si no se alcanza el umbral, no intervengo. Y si hubiera que tratar, en ecológico mi herramienta principal sería el Bacillus thuringiensis, una bacteria natural que respeta a la fauna auxiliar. Pero por ahora, silencio.
2. El barrenillo, el escarabajo que viene del pueblo
En algunas parcelas que tengo cerca del núcleo urbano, el barrenillo se mueve en esta época. Los adultos buscan brotes tiernos para alimentarse y debilitan las ramillas. Mi estrategia ecológica para él es preventiva y cultural: leña trampa colocada estratégicamente, que luego retiro y quemo antes de que se reproduzca; nada de dejar restos de poda tirados; y troncos limpios de corteza donde pueda refugiarse. Aquí la limpieza de la finca es mi insecticida.
La verdad incómoda sobre la cosecha que me gusta contarte
Y ahora va una reflexión importante. Si vienes ahora a la finca, alucinas. Los olivos están cargados de flor, parece que el AOVE nos va a salir por las orejas. Pero yo debo ser honesto contigo: una floración exuberante no significa una cosecha récord. En junio, el árbol hará lo que sabe hacer desde hace siglos: la caída fisiológica de San Juan. Soltará todos los frutos que no pueda alimentar con el agua y los nutrientes de los que dispone. Y en secano, los recursos son limitados.
Este proceso es pura sabiduría del olivo. Es su manera de decirme: "no me pidas más de lo que te puedo dar". Y yo, que llevo años aprendiendo a leerlo, lo respeto profundamente.
Así que ahora me ves poco en la almazara y mucho en la finca. Caminando, mirando al cielo, tocando la tierra con la mano para sentir cuánta humedad me queda y oliendo el campo. Porque el mejor aceite de oliva virgen extra ecológico no se fabrica en la prensa. Empieza a tejerse ahora, en silencio, con el único riego que permite la lluvia y con el compromiso de no añadir nada que la naturaleza no haya diseñado.
Si te apetece venir a caminar entre olivos centenarios y descubrir cómo se defiende la vida en un secano ecológico, esta es la mejor época. Escríbeme y nos das un paseo. Te aseguro que después de pisar esta tierra, sabrás mejor a qué sabe el aceite que llena tu cocina.
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