Hay imágenes que se quedan grabadas en la retina y en el alma. Una de ellas, reciente, me acompaña estos días: la de las terrazas superiores de la finca, por fin despejadas, vestidas con un tapiz dorado de hierba segada. El cambio es tan profundo que aún me sorprendo subiendo sin motivo aparente, solo para contemplarlas. No es solo estética; es la satisfacción de ver cerrarse un círculo, de palpar una pequeña victoria contra el abandono y de saber que hemos dado un paso firme hacia un modelo de agricultura más consciente.
Cuando adquirimos la finca, las terrazas de la parte alta eran un territorio perdido. La maleza las había colonizado con tal fuerza que parecían inaccesibles, un recuerdo difuso de lo que fueron. Yo estaba convencido de que el tractor de mi vecino jamás podría maniobrar por aquellos accesos estrechos y tortuosos. Era una de esas creencias limitantes que uno se fabrica sin haberlas verificado realmente. Pero la verdadera sorpresa, de esas que te reconcilian con el optimismo, llegó el día que mi vecino subió conmigo a evaluarlas. Recuerdo su mirada serena mientras calculaba distancias y radios de giro. Su veredicto fue tan simple como demoledor para mis miedos: “Claro que paso, con cuidado y despacio, pero entra, el tractor entra”.
Aquellas palabras fueron el pistoletazo de salida. Ver ahora los bancales ordenados, libres de la maraña que los devoraba, produce una emoción difícil de explicar. El resultado es para estar orgulloso. La desbrozadora ha trabajado a ras de suelo, dejando un lienzo limpio que, sin embargo, no ha sido labrado. Ahí reside la clave de lo que hemos aprendido en este camino hacia la agricultura regenerativa. Ese suelo no está desnudo ni herido; está protegido por un acolchado vegetal, una manta orgánica formada por su propia hierba triturada. Esa capa será su mejor armadura cuando el calor apriete, un escudo que conservará la humedad preciosa y alimentará la vida microbiana que bulle bajo la superficie.
Es imposible no detenerse a pensar en el viaje personal que acompaña a esta transformación. De Barcelona a estas terrazas. Del ruido ensordecedor de la ciudad al silencio elocuente de los olivos, solo interrumpido por el viento. Mirando las curvas de nivel ahora tan definidas, siento que, pese a todos los miedos y las inseguridades que me asaltaron al dejarlo todo, las cosas van saliendo. No por casualidad, sino a golpe de oficio aprendido día a día, de errores y pequeños triunfos, y sobre todo, a golpe de amor por una tierra que me ha acogido sin juicios. Una tierra que ya siento como mía y que, año tras año, me corresponde con el fruto más generoso: ese aceite de oliva virgen extra con el que tanto soñaba. Las terrazas altas ya no son un rincón olvidado; son la promesa de un futuro fértil. El suelo está preparado. Sabe que le viene lo peor encima y nosotros le hemos puesto la mejor defensa posible: el ciclo de la vida que vuelve a la tierra para protegerla.
0 comentarios