Hay tareas en la finca que uno las espera con ganas. Hay otras que las aplazas, les das vueltas, las piensas demasiado. Podar los olivos grandes, los viejos, los que tienen ramas que parecen pies deformados por el tiempo, es de esas labores que me imponen respeto. Mucho respeto. Pero también es verdad que no hay satisfacción más grande que ver cómo queda un árbol joven después de haberlo guiado bien desde el principio. Y esta semana me ha tocado vivir las dos caras de este oficio.
De Barcelona al campo: mi reinvención
Permitidme que os cuente una cosa. Yo no vengo de una familia de agricultores. Vengo de Barcelona. Del asfalto, del metro, de las prisas. Mi profesión durante muchos años no tenía nada que ver con la tierra. Y un día, por esos caprichos que da la vida, decidí cambiarlo todo. Dejar atrás la ciudad y ponerme al frente de una finca de olivos. Producir aceite de oliva virgen extra. Convertirme en oleicultor.
Y lo estoy haciendo. Poco a poco. Aprendiendo sobre la marcha. Con errores y con pequeños triunfos que me saben a gloria. Porque amo lo que hago. Amo cada olivo como si lo hubiera plantado yo mismo, aunque algunos lleven aquí más años que yo dé vida. Y es ese amor el que me hace levantarme cada mañana con ilusión y con esa mezcla de respeto y miedo que solo siente quien empieza algo nuevo desde el corazón.
El miedo a hacer daño a los grandes
He de ser sincero: se me da mejor podar los árboles pequeños y, sobre todo, dar forma a lo que hice una poda de vida hace dos años. A esos los miro, los estudio y sé dónde tengo que cortar. Pero los grises, los olivos de esos que llevan décadas allí plantados y que tienen unas ramificaciones que parecen pies retorcidos, me dan mucho miedo. Me da la sensación de que les haré daño. De que cualquier rama que corte será un error que arrastraremos durante años. De que la motosierra en mis manos es más una amenaza que una herramienta.
Creo que es un miedo sano. Si un día lo pierdo, mal asunto. Porque podar un olivo viejo no es cortar por cortar. Es leer el árbol, entender por dónde respira, imaginarte cómo entrará la luz el año que viene y cómo cicatrizará esa herida que ahora le estás haciendo. Y eso, lo reconozco, todavía me supera en según qué ejemplares.
Pero esa es la belleza de haberme reinventado. Cada día aprendo. Cada árbol me enseña. Y yo, que vengo de un mundo donde todo era inmediato, aquí he descubierto que las cosas buenas llevan su tiempo. Que la tierra no tiene prisa. Y yo, poco a poco, estoy aprendiendo a no tenerla. Porque al final, todo este esfuerzo, todo este miedo superado, se traduce en un aceite de oliva virgen extra que lleva el alma de esta tierra y mi propia historia de reinvención.
El vecino y amigo, el mejor manual de instrucciones
Menos mal que tengo al vecino. Él sí que sabe. Lleva toda la vida entre olivos y sus manos tienen la memoria que a mí todavía me falta. Cuando viene y me ayuda con los grandes, no solo me quita trabajo: me da consejos que valen más que cualquier curso. "Ten cuidado con esa, que es de las de dentro y si la quitas se descompensa", me dice. O "esta la dejamos, que todavía dará buen fruto el año que viene".
Y yo aprendo. Callo, miro y aprendo. Porque podar bien no es hacer bonitos los árboles, es asegurarte de que darán la mejor cosecha posible con el agua justa que tenemos. Y en secano, cada rama mal cortada es energía que el árbol tendrá que gastar en recuperarse en lugar de producir aceitunas. Y cada aceituna cuenta. Cada gota de aceite de oliva virgen extra que saldrá de ellas depende de decisiones como esta.
Cuando llegué aquí no sabía ni coger las herramientas. Ahora, dos años después, todavía me tiembla el pulso con los grandes, pero el vecino me dice que voy bien. Y escucharlo de él es el aval más grande que puedo tener.
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