El mes de mayo marca el momento más determinante del año para cualquier finca de olivos en plena producción. Es el periodo de la floración, un proceso biológico fascinante y, al mismo tiempo, de una fragilidad extrema. Cualquier factor externo —ya sea el viento, la temperatura o la lluvia— puede decantar la balanza entre una cosecha excepcional o un año de pérdidas. Por eso, cuando los agricultores nos despertamos con el sonido de la lluvia sobre los tejados en pleno mayo, la pregunta es inevitable: ¿Es buena o mala esta agua para la aceituna?
El agua de mayo: Oro líquido para el suelo
Históricamente, el agricultor siempre ha mirado al cielo con esperanza. Un olivo bien hidratado tiene mucha más capacidad para hacer frente al esfuerzo energético que supone el cuajado del fruto (el paso de flor a pequeña aceituna). Las lluvias de estas semanas ayudan a cargar las reservas del suelo, permitiendo que el árbol no sufra estrés hídrico cuando las temperaturas comiencen a subir de forma drástica en junio.
Además, la lluvia actúa como un agente limpiador. Elimina el polvo acumulado en las hojas, facilitando la fotosíntesis, y puede ayudar a controlar algunas plagas menores, como el algodoncillo (Euphyllura olivina), que suele desaparecer con el lavado mecánico del agua.
El riesgo: La polinización y los hongos
No obstante, no todo son ventajas. El momento exacto de la floración es clave. El olivo se poliniza a través del viento (polinización anemófila). Para que el polen viaje de una flor a otra, se necesita un ambiente relativamente seco y una ligera brisa. Una lluvia intensa y continuada puede "lavar" el polen, apelmazarlo e impedir que cumpla su función, reduciendo así el número final de aceitunas.
Por otro lado, la combinación de humedad y temperaturas suaves es el escenario ideal para el repilo (Venturia oleaginea). Este hongo puede defoliar el árbol si no se vigila de cerca, especialmente en aquellas zonas más bajas de la copa donde el aire no circula con tanta facilidad.
Tareas prioritarias para este final de mes
Con la finca mojada y las flores abriéndose, el gestor del campo debe ser estratégico:
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Monitoreo del Prays: La generación que se alimenta de la flor (antófaga) está activa ahora. Es necesario vigilar los niveles de población para decidir si hay que intervenir.
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Nutrición foliar: Una vez se seque la hoja, la aplicación de Boro es fundamental para garantizar que el tubo polínico crezca correctamente y el cuajado sea un éxito.
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Gestión de la cubierta vegetal: Si la hierba ha crecido mucho con las lluvias, es necesario segarla pronto para que no compita con el olivo por el agua que acaba de caer.
En conclusión, la lluvia de estos días es, en su mayor parte, una bendición que otorga vitalidad al olivar. Aunque nos obliga a estar más atentos que nunca al estado sanitario del árbol, es preferible una primavera húmeda a una sequía prematura. La naturaleza sigue su curso, y nuestro papel es acompañarla con paciencia y sabiduría.
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